AUMENTAR LA FE EN DIOS

Todos nosotros nos hemos quedado horrorizados en estos días por las escenas de muerte y destrucción en Haití. Pero los católicos debemos mirar no mas allá del crucifijo sobre el altar. Dios se ha unido libre y amorosamente al sufrimiento humano en el sacrificio de su Hijo en la cruz. La tragedia de Haití tendrá efectos de larga duración. Un impacto como e terremoto de Lisboa de 1755, que cambio el pensamiento de muchos de los principales intelectuales del siglo XVIII incluyendo a Voltaire, Kant y Descartes.
Pensando sobre Haití esta semana, no podía dejar de pensar también en el trabajo del padre Damián de Molokai “el sacerdote leproso”. Hace varios años, tuve la oportunidad de visitar Molokai en Hawái, vi una fotografía de una mujer mayor tomada en los años 30. Había perdido las orejas y la nariz, y todos sus dedos por la lepra. También estaba ciega.
A pesar de ello, me dijeron, rezaba el rosario manteniendo las cuentas entre sus dientes.
No mucho después de esto, estaba hablando con un sacerdote misionero que mencionó que había abierto una casa para gente que sufre lepra. Cada día, cuando celebra la Misa allí, un hombre mayor, también ciego por la enfermedad, dice durante la oración de los fieles: “Padre,
Dios, gracias por todas las buenas cosas que me has dado”.
Filósofos y teólogos seguirán buscando explicaciones en la esperanza de responder a las cuestiones que tenemos respecto al problema del sufrimiento en el mundo. Pero quizás la mejor respuesta viene de aquellos cuyo sufrimiento va más allá de lo que somos capaces de
imaginar, y sin embargo estos creyentes experimentan la realidad de que Dios les ha unido a El en su sufrimiento. “Su perfección, en la lógica de una fe que es humanamente incomprensible a veces, consiste en no situarnos ya nosotros en el centro, sino optar por ir contra corriente y vivir según el Evangelio”. A fin de cuentas, esta es la clave para
comprender los eventos de Molokai y Haití. Y será la medida de nuestra respuesta como cristianos.
Carl Anderson

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